lunes, 21 de enero de 2019

En Viena bailaré contigo con un disfraz que tenga cabeza de río.

Toma esta sierra que traigo
de picos escarpados y trazo firme,
y colócala enfrente de mí
el día que tu imaginación
decida frenar mis ríos.

Hazlo antes de que el agua
erosione nuestro recorrido,
pues aunque el gran peso
de la mala experiencia
ralentice el movimiento,
el tiempo hace milagros.

Y es que la delgadez de su curso
no impide que el caudal
rebose de esperanza y ganas,
formando una mezcolanza
de emoción y paciencia
que se colma
cuando te vuelve a ver.

A mi imaginación
le gusta más sentir
que recorre el sendero
de tu cuerpo
cuando me encuentro
a un palmo de tu piel.

Se cree capaz de alargar
las horas que nos quedan
corriendo sobre él,
hundiendo mis manos
-mojadas de deseo-
en tu arena fina.

En mitad de esta guerra de pasión
forma una nube de polvo,
que comienza con el orgullo
de saber quién ganará
y se desvanece si nos queda
un centímetro para caer al vacío.

Y termina gritando
a través de un suspiro
lo que durante años temió decirte:
"Eres dueña del brillo de mis ojos
y siempre libre para hacerlo tuyo".