Dime cómo lo hacemos,
vida mía,
si desde que te convertiste en musa
la inspiración duele.
Pretendo entenderte existiendo
pero mis latidos siempre tuvieron
el afán de dirigirnos
hacia círculos oscuros.
Te camino descalza y a contracorriente,
buscando la salida
de esta incoherente experiencia,
aquella que nunca nos dejó ver
ni cómo ni cuándo
nos cortamos las alas.
En mitad de la encrucijada
se ha sentado mi soledad,
irónicamente cansada
de no encontrar quien nos salve.
Le gusta gritar a los cuatro vientos
que a nadie necesita,
mientras busca desconsolada
y en silencio
la luz que otros dictan
que da la felicidad.
Pero ya sabes
mi vida,
convertirnos en perfectas
nunca ha sido lo nuestro,
pues el secreto está en cambiar
la supuesta eternidad
por desesperanza intermitente.
Si el tiempo no te cambia
siempre sabrás
que nuestra alegría se encuentra
en correr por los campos llanos
a la hora del recreo.
De la desgana nos cura
un abrazo lleno de nostalgia,
y el recuerdo más feliz
nos hace viajar
donde siempre olió a café
y a muebles viejos.
Y por qué tendrá que importar
que a veces duela de más,
si nuestro viento acompaña
las canciones que hablaron
de que ahogarse y perderse
en boca de otros
puede resultar divertido.
Ahí está entonces la felicidad,
en todos las personas,
paisajes e historias
que alguna vez
nos hicieron sentir únicas,
cuyo recuerdo guardamos
en el otro rincón del alma.