Pobre de aquél que sólo cree en el amor romántico,
que pasa la vida buscando
unos brazos que parece que agarran
cuando te están tirando.
Mil veces me preguntaba cuál era la mejor forma de amar y, las experiencias vividas, lograron situarme en este punto del pensamiento aun sin saber si es el más apropiado, pero con la firmeza de que más de uno lo relacionará con la promiscuidad.
Nos encontramos ante una sociedad que lleva consigo una serie de ideales- que, reflexionándolos detalladamente, se pueden considerar incluso absurdos-, con la total seguridad de que son los correctos y, por tanto, los que cada sujeto ha de seguir.
Está claro que todos, como seres humanos que somos, necesitamos amor para vivir; hasta la persona con más carencias afectivas acepta un gesto de cariño en el momento adecuado.
Cuando uno escucha la palabra "amor", habitualmente tiende a pensar en una pareja, sin darse cuenta de que podemos encontrarlo en cualquier parte. "El amor está en el aire"; en la familia, en los amigos, en uno mismo. Por amor actuamos cuando damos una moneda a aquel músico que toca la guitarra en el metro o a la mujer que pide algo para comer; cuando ayudamos al niño que se ha caído mientras corría por el parque o en el momento que te sitúas frente al espejo y te dices: "Hoy es tu día, porque sí, porque te lo mereces".
Y qué irónico es tener el amor tan cerca y buscarlo en sitios tan tóxicos.
Ahora es cuando aparece el término "amor romántico", ese modelo cultural tradicionalista, caracterizado por la cantidad de pautas que han logrado imponerse como las únicas verdaderas en nuestra sociedad.
Cualquier persona, en algún momento de su vida, habrá escuchado eso del "príncipe azul" y la "media naranja". Sentimos la necesidad, porque así nos han enseñado, de buscar a alguien que nos complemente y nos haga feliz; pero esa persona que cuando la ves, es capaz de hacerte olvidar al resto del mundo, puede acabar volviéndose una venda permanente para tus ojos con forma de control y celos.
Es cierto que el amor existe, pero "amar no es sufrir". El amor verdadero no mata, sino que se forma sobre una base firme de confianza y te da alas para tomar tu propio camino. No tiene por qué llevar consigo fidelidad ni emparejamiento, ni tiene por qué durar para siempre; simplemente es algo que se siente y lo disfrutas, dando libertad de la misma manera que la recibes.
Desde aquí, y mediante mi humilde opinión sobre este tema, hago una llamada de atención para luchar contra aquello que un día se empezó a llamar amor y poco o nada tiene que ver. Es el momento de empoderarse y romper con estas formas de vida que tanto daño han hecho y continúan haciendo.
Concienciemos a quien ha de estar cada cinco minutos hablando por el móvil con su pareja por miedo a meterse en un problema, de que eso no roza ni el límite de la normalidad; ayudemos a la chica que está siendo maltratada física y psicológicamente por el simple hecho de ser mujer a salir de ese infierno, a convencerla de que ella no tiene por qué sufrir eso; e incluso trabajemos de forma activa para que, aquellos que desconocen estos temas, sean conscientes de la realidad que estamos viviendo.
Entre todos, con pequeños gestos, podemos conseguir grandes cosas.