Despierta sus ojos.
Ya ni el cielo calma la mentalidad
que siempre ha guardado fuego.
Arrancándose el puñal de oro
al fin comprendió que nunca valdrá la pena
perder tiempo en abrirse y dejarse abrir heridas.
Y se resguardó en el mar.
Escondió allí su propio cuerpo
para que no encontrara la salida
el día que decidiera preparar su traición
y retorcerse de nuevo.
Siempre sería mejor
el silencio que ofrece el horizonte
que el sonido de quien marcha sigilosamente,
junto a la soledad que le une después.
Si nunca aterrizó por aquí
el primer ave de la bandada,
es porque ni en la mayor expresión de serenidad
sabe que dejará de estar rodeado de jueces.
Por eso él sobrevuela por encima
de los que deciden determinar
su línea entre el bien y el mal,
entre la salud y el vicio,
entre la búsqueda de la felicidad
y la obsesión.
Es difícil engañarse a uno mismo
entre tanta tranquilidad.
Solía aprenderse de memoria
las historias que se repiten
y modificar ese círculo vicioso
cambiándoles el final.
Pero nunca quiso deshacerse
de la pasión que guardaba
en los días raros.
En su justa medida,
algún día el propio fuego que vestía
podría dar calor
a quien estuviera dispuesto a acercarse.
Dejaría de quemar de miedo
para volver a ser un cálido símbolo
de amor, fuerza, hogar,
transformación.
Mientras las torres caen
ha descubierto un arma
capaz de derribar bosques repletos de dudas
y dar luz a quien se atreva a encenderlo.